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Ésta es una historia colectiva y de final abierto.
Los protagonistas son gatos que hemos recogido en los últimos años
y que no hemos podido quedarnos.
El primero de una larga serie (que no termina) fue FELLINI, encontrado en un portal de la calle Alcalá, junto al puente de Ventas, con las patitas en carne viva y muy delgaducho. Debían de haberle atropellado, pero nunca tuvo miedo y era el gato más bueno y dócil del mundo. Le dolían horrores las curas e iba dejando huellas de sangre por la casa, pero jamás nos bufó ni protestó y ronroneaba todo el rato, maullaba para no estar solo y le encantaban los mimos. Si no hubiera sido porque se pegó con Casper (por entonces, aún estaban sin castrar), hubiéramos estado dispuestos a tener media docena de gatos, tres parejitas. Pero con aquella pelea, al ver a nuestros gatitos, amorosos como peluches, transformados en fieras corrupias, comprendimos que ellos mismos no iban a estar bien y decidimos llevarle personalmente a Alemania cuando fuimos allí de vacaciones. Este capítulo termina en el aeropuerto de Frankfurt, con la entrega de Fellini a un encantador colaborador de la protectora de gatos de allí. Preguntamos por él al volver a Madrid y nos dijeron que, a los quince días, había sido adoptado por una familia muy maja. Parece imposible haber encontrado una gata tan guapa como ésta en la calle. PELISENDA apareció en unos matorrales que hay debajo de casa. ¿Cómo había llegado allí una gata noruega de los bosques? Pensamos que, al estar cerca de Ciudad Universitaria, quizá era hija de algún gato o gata que vino de Erasmus... El caso es que estuvimos meses dándole de comer debajo del coche hasta que logramos cogerla y civilizarla. Un buen día, ella misma decidió jugar con nosotros, nos daba con la pata o perseguía un palito o el cordón de los zapatos. Tras muchas noches de intentarlo, varias fugas y algún que otro bufido, la metimos en el trasportín. Se puso como una fiera, aullaba y escupía y se moría de miedo. Una vez en casa, pasó un día entero sin moverse, aunque se dejaba acariciar y no paraba de ronronear. Poco a poco, fue cogiendo confianza (sobre todo, ampliaba su territorio las noches que había algo rico para cenar y tenía que llegar hasta el salón) y, en un par de semanas, era la reina de la casa: tranquila, guapísima, muy mimosa y simpática. A pesar de todo, decidimos que fuese también a Alemania. Sabemos que fue a parar a Giessen, una ciudad cercana a Frankfurt, y que si llegó un viernes al albergue, el sábado por la mañana ya tenía una familia estupenda. ¡Qué suerte para ellos!
En los mismos matorrales que Pelisenda apareció medio año
después una gata con tres crías de un mesecillo más
o menos. La gata se tumbaba en el hueco de un árbol y daba de mamar
a los gatitos. Todo el que pasaba se quedaba mirando, les hacía
fotos... y seguía su camino. Fueron la atracción del barrio
durante unos días. Pronto desaparecieron dos de los pequeñitos,
uno atigrado y otro blanco y negro (queremos pensar que se los llevó
una vecina que un día comentó que iba a quedarse con alguno).
Aunque me había jurado no volver a coger ningún gato más
para luego no quedármelo, el caso de PÍXEL fue inevitable.
Nos había dicho nuestra sobrina que, en la piscina y jardín
de su urbanización, había tropecientos gatos y gatitos,
y que los vecinos habían llamado al Ayuntamiento para que se los
llevasen. Se nos fue el alma a los pies y allá que nos presentamos
a echar un ojo. En efecto, había montones de gatos, pero no dejaban
que nadie se les acercara... excepto un chiquitín de unos 2 meses,
esquelético, con los ojos llenos de pus y en estado prácticamente
catatónico. Tenía mucha fiebre y unos mocos terribles. Así
que le llamamos Píxel (que valía para gato o para gatita)
y de la piscina fue directo al veterinario. Mejoró enseguida y
resultó ser una maravilla de gato. Muy lindo de colores, tan delgadito
y con motas gris claro, nada miedoso. Se subió a dormir a la cama
el primer día, se quedaba toda la noche pegadito y nunca se levantaba
antes que yo. Además de guapo, se puso como una moto. Es el gato
más esbelto y listo que hemos visto nunca, casi como un perro.
Aprendía todo enseguida (por ejemplo, a ponerse en dos patas para
que le diéramos jamón de york en cuanto oía el ruido
de abrir la nevera).
La última ha sido TRINITY (o “La Trini”). Procede
de los mismos matorrales que Pelisenda y Muni, porque hay un parque cerca
y se ha formado una pandilla de gatos más o menos fijos que viene
a comer por las noches. La Trini ha estado ahí casi un año;
en los últimos meses, no faltaba nunca y te la encontrabas a todas
horas, dispuesta a colarse en el portal y en el ascensor. Se dejaba coger
en brazos y muchas noches ni siquiera quería comer, sólo
mimos. Nuestra técnica de meter gatos callejeros en el trasportín
antes de que tengan tiempo de reaccionar ha mejorado y la pobre Trini
se vio, de repente, dentro de una casa. Ya pensaba llamarla así
por los tres colores, pero cuando la vi trepar por las cortinas para esconderse
encima de la caja de la persiana y luego correr en varias dimensiones
con tal de escapar de allí, lo tuve claro.
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