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LISA
Mi hermana y yo regresábamos a casa un viernes sobre
las nueve de la noche de hace dos años, después de una tarde
de tiendas, cuando vimos que unos metros más adelante había
un grupo de gente que miraba algo que estaba en el suelo. Según
nos acercábamos empezamos a oír unos ruiditos. Eran unos
maulliditos… la primera vez que oíamos a Lisa. La habían
abandonado y la habían dejado en la calle dentro de una cajita
de zapatos.
En cuanto la vio, mi hermana dijo: “Nos la llevamos”. La verdad
es que no sabíamos que hacer con ella. No era nuestra intención
llevarla a casa. Nunca habíamos tenido perros o gatos. Ni teníamos
previsto tener uno. Pero no éramos capaces de pasar de lado como
sino ocurriese nada.
No
paraba de maullar. La llevamos a una clínica veterinaria con la
esperanza de que ellos se hicieran cargo o nos dijeran dónde la
podíamos llevar. Allí nos dijeron que no tendría
más de 15 días de vida. Cabía en la palma de la mano.
Nos dijeron que era hembra porque era tricolor. Nos dieron un biberón
y leche para gatitos y nos convencieron para que nos la quedáramos
aunque fuera unos días, hasta que encontrásemos a alguien
que la quisiera. No obstante, de camino a casa no lo pudimos remediar,
y le pusimos nombre: Lisa, en honor de nuestra abuela materna, que se
llamaba Felisa.
Así que regresamos a casa. Sabíamos que nuestra madre pondría
el grito en el cielo nada más entrar con ella por la puerta. Y
así fué. No quería tocarla, ni siquiera mirarla.
Nuestra casa parecía un dramón. La gatita maullando, mi
madre gritándonos, mi hermana y yo tratando de calmarla (a mi madre)
mientras le dábamos el biberón (a Lisa). Al final la convencimos
para que Lisa se quedara al menos el fin de semana, y le dijimos que buscaríamos
a alguien que la adoptase.
Ni que decir tiene que no teníamos ni idea de gatos, pero entre
lo que nos indicaron en la clínica, y lo que leíamos por
Internet nos las apañamos. Le dábamos el biberón
cada pocas horas, le estimulábamos la zona del ano para que hiciera
sus necesidades, le pusimos una mantita eléctrica en una caja de
cartón a modo de camita los primeros días…
Dos días después, el domingo, jugando con ella un ratito,
vimos que le salía un líquido viscoso de un costado. Fuimos
pitando a la clínica veterinaria de nuevo. El veterinario nos dijo
que el líquido era pus, y que tenía un absceso por una herida
mal curada producida por un mordisco. Que podía ser de un perro
o de un gato. Mi hermana se puso a llorar en medio de la consulta…
Después le hizo una revisión y la pesó (240 gr.)
También nos dijo que en el rabo tenía quemaduras (nunca
hemos sabido a qué o a quién se debieron) Nos comentó
que para que saliera adelante los próximos días era vital
que comiese bien y cogiese fuerzas, que estaba muy débil. Por supuesto
tenía pulgas y demás bichos.
Pasaban los días, y mi madre nos decía que cuándo
íbamos a buscar a quien se la quedase. Le decíamos: “si,
si, pronto, pronto”. De hecho, mi hermano la llamaba “Provi”,
de provisional… Pero la verdad es que la sola idea de dársela
a una persona desconocida y que no supiésemos cómo iba a
cuidarla, hacía que se nos cayese el alma al suelo. Así
que dejábamos que pasaran los días, y las semanas, con la
esperanza de que mi madre acabase por aceptar la realidad…que era
irremediable que Lisa se quedase con nosotros. Y así fue. De hecho,
con los días, empezó por acariciarla, ¡hasta le dio
un biberón! Y empezó a llamarla “Churri”. Además,
cuando vio que con el tiempo empezaba a usar su cajita de arena, Lisa
ya tuvo su sitio ganado en nuestra casa. Hoy en día, Lisa adora
literalmente a mi madre. De hecho duerme con ella todas las noches…
y a mi madre le encanta.
En fin, sus primeras semanas fueron toda una experiencia, tanto para ella
como para nosotros. Una experiencia estresante, ¡pero fantástica!
Hoy en día, Lisa es una preciosa gataza de dos años y medio.
Por supuesto, le encanta dormir, vaguear en todas sus formas y variantes,
curiosear todo lo que cae en sus patitas, perseguir pelotas (no mucho
que tampoco es plan) y comer, comer, comer… tanto que tiene obesidad
y está a dieta. Claro, con las "peazo" siestas que nos
echamos las dos juntitas en el sofá... Eso sí, cuando hace
frío, que si no le doy calor…
María
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