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KANDINSKY
Soy Kandinsky, de profesión “princesa ofendida”.
Mi nombre se debe a las manchas de colorines que tengo y a que, cuando
me cogieron de los jardines del Palacio de la Magdalena de Santander,
mis papis no sabían que los gatos de tres colores siempre somos
gatas. También me llaman Señorita Pi, que en chino significa
“pincel”, porque aquel verano de 1999, cuando yo tenía
dos meses y me encontraron (y me trajeron desde Santander en autobús),
tenía tiña y todo el rabo pelado, con cuatro pelos en la
punta que parecían un pincel zarrapastroso.
A pesar de todo, no tardé en ponerme guapísima y soy la
gata más fina del mundo: no soporto los malos olores ni los malos
modales. Duermo encima de una manta rosa; cuando como, no tiro una sola
bolita fuera del plato, bebo mojando la patita en el bebedero, camino
con una elegancia inigualable y soy trapecista: paso el día por
las alturas, en los quicios de las puertas, en lo alto de las estanterías,
en la barra de las cortinas... Hasta me han instalado plataformas especiales
para que trepe y observe a los demás desde arriba. Y cuando me
da pereza bajar de un salto, me pongo a llorar y pido un taxi, a saber:
que me pongan el transportín para meterme dentro y que me bajen
ellos.
Me
gusta comer cosas ricas: pescadito, carne, gambas... y no digamos nata
y trocitos de cruasán... Una vez, abrí la nevera y saqué
todos los paquetes que había dentro y fui mordiendo todo hasta
dar con el jamón (que voló en pocos minutos). Las plantas
son mi gran pasión, no he dejado ni una sola en toda la casa. Eso
sí, guardo la línea coma lo que coma.
Me vuelven loca los peluches y las bolitas de papel de plata, sobre todo
si son de colores. También me divierte abrir los armarios y los
cajones, revolverlo todo y sentarme dentro. Y luego está la historia
del vestido azul: mi mami tenía un vestido azul muy sexy, con tirantes
que se ataban al cuello... Pues bien, ya no se atan porque me los he ido
comiendo con el paso de los años. Abro el cajón, saco el
vestido y lo arrastro de los tirantes por la casa; o saco sólo
un tirante, lo dejo colgando y me lanzo a por él...
Soy
la mayor de una gran familia de gatos, aunque no siempre fue así.
De pequeñita, viví con un gato maravilloso que se llamaba
Lancelot y que me adoraba. Luego vino otro, un tigre pequeñajo
que me cayó fatal y que se llama Tristán (aunque ahora me
cae bien). Luego vino una tigreta, más pequeñaja todavía,
que me cayó algo mejor y que se llama Greta (podéis leer
sus historias en esta misma web). Luego vinieron dos okupas temporales
que llevan aquí más de dos años: Fusa y Casper, una
gordita negra, que aspira a ser como yo, y un gatazo blanco y chuleta,
que intentó meterme pata un día y al que no he perdonado
desde entonces. Nos gruñimos y nos escupimos, pero nos encanta
sentarnos uno enfrente de otro. En el fondo, los quiero a todos mucho.
Con los humanos soy muy cariñosa... cuando me da la gana. No me
gusta nada que me cojan en brazos, pero sí que estén pendientes
de mí. Cuando no lo hacen, me siento sola y lloro y les llamo.
Eso sí, en cuando se meten en la cama, ahí estoy yo ronroneando:
por lo general, me tumbo de manera que no se puedan mover en toda la noche.
Y si se mueven, me meto dentro de la cama a ronronear de gusto.
Isabel
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