|
GRETA
Hola, me llamo Greta-Tigreta, aunque también respondo
al nombre de Piru (de “Piruleta”) y, en general, a cualquier
llamada para jugar o comer (soy un poco tragona y regordeta). Así
era el día que me encontraron en el Retiro, hace tres años
y medio. Una noche me abandonaron junto con mi mamá y otros dos
hermanos, todos tigretes. Una señora que da de comer a los gatos
del Retiro y que ya tenía 8 gatos se llevó a los demás,
pero yo debía de estar trasteando por otro lado porque me quedé
allí solita. La señora de los gatos (desde entonces, 11),
que me oía chillar y piar, volvió y se lo contó a
mi actual papá, que se coló en el Retiro y se quedó
allí encerrado porque le dieron las doce de la noche intentando
cogerme. Encendieron los aspersores para regar y se puso perdido, pero
no consiguió encontrarme porque yo estaba escondida. Al final,
trepó por una valla y consiguió llegar a casa, para regresar
a la mañana siguiente con más luz, nuevas fuerzas y una
caja para meterme y llevarme al veterinario.
Yo me escondía y me escondía entre los matorrales, y hasta
llegó a pensar que era un ratón o un pájaro de lo
agudo que chillaba. Al final me subí a un arbolito y ¡zas!
me pilló... Tenía un ojo malo con conjuntivitis y todas
las garrapatas y pulgas que podían caber en los 500 gramos escasos
que pesaba.
Al principio me asusté pero pronto comprendí que iba a un
buen destino. Nada más llegar a casa me puse a ronronear como loca
y, desde esa noche, me subí a la cama y me metí dentro del
camisón de mi nueva mami-humana, que no paraba de hacerme mimos
y darme besos (y lo sigue haciendo la muy pesada).
A
los pocos días me presentaron a mis dos hermanos: Kandinsky y Tristán,
cuyas historias podréis leer en esta misma web. Kandinsky, la gata,
me fascinó desde el principio y siempre he querido ser tan princesa
como ella, pero no lo consigo (es un poco borde y no me enseña
sus trucos de belleza). Lo de Tristán fue amor a primera vista,
y eso que es enorme y yo era muy pequeñita. Somos inseparables
y hacemos todo juntos, aunque a veces se pone bruto y le bufo, o yo me
levanto de mal humor y le doy un bofetón, así, sin motivo.
Pero al rato estamos lamiéndonos y jugando, dormimos juntos (en
la cama, con los papis, todos en pelotón) y siempre estamos pendientes
uno del otro. Por la mañana temprano, pisoteo a todos y les chupo
la nariz (digo yo que para eso tienen los humanos una nariz tan grande).
Luego me pongo a correr como loca y doy vueltas a toda velocidad encima
de la cama (sin importar quién siga dentro), cazando ratones imaginarios.
Aunque he aumentado de tamaño desde que me cogieron, sigo siendo
justo la mitad de Tristán, y de distinto color. Compartimos la
afición de destrozar cortinas de cuarto de baño, perseguir
ratones y cuerdecitas y meternos en bolsas de papel.
Quizá sea porque me cogieron muy pequeña, pero no he aprendido
a maullar, sino directamente a chillar. Jamás he dicho “miau”
ni nada que se le parezca. En cambio, tengo todo un repertorio de “ÑAAAAAS”
y “ÑÑIEEEES” con múltiples significados:
“no te vayas”, “quiero jugar”, “oye, que
he dicho que quiero jugar”, “tengo hambre”, “Tristán
se está propasando”, “¿es que no piensas levantarte?”,
“hazme sitio”, “qué plasta eres”... También
sé hacer sentadas de protesta y chillar hasta que me siguen a donde
yo quiero: a jugar a perseguir el cordel por encima de la cama.
Soy muy inquieta y suelo llevarme bien con todos los gatos (claro, no
tengo problemas para dar lametones o bofetones a ninguno, según
la ocasión) y también con los humanos, aunque por lo general
me escondo un rato hasta coger confianza.
Ahora soy así de guapa. Me encantan los cestos de mimbre, las cajas
de cartón y los nidos de tela... me pongo panza arriba y RRRRRRRRRR.
Isabel
|
|