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TRISTÁN


Me llamo Tristán y así era hace cinco años y medio. Me habían abandonado en el Retiro, dentro de una caja de El Corte Inglés. Aunque era el más pequeño, enseguida me integré en la pandilla de gatos callejeros de la zona, y, como hacían ellos, saludaba muy contento a la gente que venía a darnos de comer (entre ellos, una pareja con pinta simpática). Días más tarde volví a encontrármelos. Me había roto una pata y estaba muy mimoso. Nos miramos y... no hizo falta más. Me llevaron directo al veterinario, que dijo que no era grave, y luego a su casa. Yo iba contentísimo.


Resulta que en la familia ya había otros dos gatos: el siamés Lancelot, que me adoptó y me quiso mucho desde el primer momento, y Kandinsky, una gata carey que, todo lo contrario, se ofendió enormemente y me declaró la guerra. Durante mis primeros meses en casa, no me dejaba ni moverme y se tiraba a por mí en cuanto se descuidaban. Por las noches, dormíamos en distintos lados de la casa: mami y yo en el sofá; al otro lado del muro de Berlín, papi y los otros dos gatos, en la cama.

Pero luego empecé a crecer y crecer, Kandy vio que la igualaba en tamaño y dejó de hacerme la vida imposible. Poco a poco nos hicimos amigos y más adelante, cuando Lancelot murió y nos cambiamos de casa, hasta pasó una temporada durmiendo conmigo y haciéndome cariños (ahora, cuando tiene miedo, siempre viene a buscarme).


A los pocos meses de relación con Kandinsky, sin embargo, llegó otra gatita a la casa: la pequeña Greta, y ahí me enamoré de verdad. Kandy ocupó su papel de gata mayor y reina de todos nosotros, Greta y yo nos hicimos pareja de hecho... y hasta hoy. No puedo vivir sin ella, aunque tampoco sin mis papis humanos.


Aunque soy un tigretón de 7 kilos, soy el gato más enmadrado del mundo. No me separo ni medio metro de donde están los humanos, me tumbo en la mesa, me meto dentro de la cama, me subo al sofá, correteo por el piano... y, si no, me planto delante con algún juguete en la boca y doy unos maullidos que rompen el corazón. También suelo maullar a primera hora de la mañana, a modo de despertador, para que nos pongan el desayuno a todos.


Una vez me escapé de casa... ¡vaya susto se llevaron! No aparecía y no aparecía. ¿Cómo había salido por la puerta? ¿Cómo había salido a la calle? ¿Dónde me había metido? Después de buscarme todo el día, ya con carteles preparados de GATO PERDIDO, y toda una brigada de amigos y vecinos dispuestos a recorrer el barrio, oyeron un suavísimo: “miau”... Y, como siempre respondo cuando me llaman, empezaron a gritar “¡Tristán, Tristán!” Y yo: “¡Miau!” Y resultó que: me había salido de la casa, pero me había quedado en el descansillo de la escalera. En ese mismo momento, se había abierto la puerta de los vecinos, un despacho de abogados, y yo me había colado dentro. Era sábado y se habían marchado a las dos de la tarde. Yo andaría escondido o curioseando... pero claro, cuando me cansé y empecé a tener hambre... “¡Maaami!” Se montó un pollo tremendo. Me pasaban bolitas de pienso por debajo de la puerta y costó mucho localizar a los abogados en sábado por la noche, aunque luego fueron muy amables y (quizá temiendo por los sillones de su despacho) vinieron lo antes posible, allá por las doce de la noche, y me sacaron.


De esto hace ya varios años, ahora soy un gato serio y no me escapo. Me gusta mucho hacer amigos, de dos o de cuatro patas. No me dan miedo las visitas y me he llevado siempre muy bien con todos los gatos que han pasado por la casa (mis humanos recogen bastantes gatos callejeros y algunos han estado aquí temporalmente... o se han quedado). Soy un gato feliz, sobre todo cuando hay gambas o sushi para cenar.


Isabel