© Funcat 2005. © Todo el contenido es propiedad de sus autores. Prohibida su reproducción. Diseño Gema Gonzalo.
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LOS OTROS
Ésta es una historia colectiva y de final abierto. Los protagonistas son gatos que hemos recogido en los últimos años y que no hemos podido quedarnos.
Son “los Otros” porque no son “los Nuestros” (a saber, Kandinsky, Tristán, Greta, Casper y Fusa), pero tienen reservado un espacio en nuestros corazones y, desde aquí, les enviamos besos y ronroneos.
La mayoría están en Alemania, viviendo a cuerpo de reyes. Les hemos perdido la pista pero sabemos que son felices... y eso compensa la pena que nos dio tener que regalarlos.

El primero de una larga serie (que no termina) fue FELLINI, encontrado en un portal de la calle Alcalá, junto al puente de Ventas, con las patitas en carne viva y muy delgaducho. Debían de haberle atropellado, pero nunca tuvo miedo y era el gato más bueno y dócil del mundo. Le dolían horrores las curas e iba dejando huellas de sangre por la casa, pero jamás nos bufó ni protestó y ronroneaba todo el rato, maullaba para no estar solo y le encantaban los mimos. Si no hubiera sido porque se pegó con Casper (por entonces, aún estaban sin castrar), hubiéramos estado dispuestos a tener media docena de gatos, tres parejitas. Pero con aquella pelea, al ver a nuestros gatitos, amorosos como peluches, transformados en fieras corrupias, comprendimos que ellos mismos no iban a estar bien y decidimos llevarle personalmente a Alemania cuando fuimos allí de vacaciones. Este capítulo termina en el aeropuerto de Frankfurt, con la entrega de Fellini a un encantador colaborador de la protectora de gatos de allí. Preguntamos por él al volver a Madrid y nos dijeron que, a los quince días, había sido adoptado por una familia muy maja.

Parece imposible haber encontrado una gata tan guapa como ésta en la calle. PELISENDA apareció en unos matorrales que hay debajo de casa. ¿Cómo había llegado allí una gata noruega de los bosques? Pensamos que, al estar cerca de Ciudad Universitaria, quizá era hija de algún gato o gata que vino de Erasmus... El caso es que estuvimos meses dándole de comer debajo del coche hasta que logramos cogerla y civilizarla. Un buen día, ella misma decidió jugar con nosotros, nos daba con la pata o perseguía un palito o el cordón de los zapatos. Tras muchas noches de intentarlo, varias fugas y algún que otro bufido, la metimos en el trasportín. Se puso como una fiera, aullaba y escupía y se moría de miedo. Una vez en casa, pasó un día entero sin moverse, aunque se dejaba acariciar y no paraba de ronronear. Poco a poco, fue cogiendo confianza (sobre todo, ampliaba su territorio las noches que había algo rico para cenar y tenía que llegar hasta el salón) y, en un par de semanas, era la reina de la casa: tranquila, guapísima, muy mimosa y simpática. A pesar de todo, decidimos que fuese también a Alemania. Sabemos que fue a parar a Giessen, una ciudad cercana a Frankfurt, y que si llegó un viernes al albergue, el sábado por la mañana ya tenía una familia estupenda. ¡Qué suerte para ellos!

En los mismos matorrales que Pelisenda apareció medio año después una gata con tres crías de un mesecillo más o menos. La gata se tumbaba en el hueco de un árbol y daba de mamar a los gatitos. Todo el que pasaba se quedaba mirando, les hacía fotos... y seguía su camino. Fueron la atracción del barrio durante unos días. Pronto desaparecieron dos de los pequeñitos, uno atigrado y otro blanco y negro (queremos pensar que se los llevó una vecina que un día comentó que iba a quedarse con alguno).
Se quedaron la mamá y MUNI, un machito. Les dimos de comer durante todo el verano y siempre iban juntos, el chiquitín pegado a la mamá. Cuando tenía unos 6 meses, la gata decidió que era hora de que se emancipase y, sin más, desapareció y no ha vuelto nunca. El pobre MUNI, que hasta entonces no se dejaba tocar, nos adoptó de inmediato porque claramente no quería estar solo. Este repentino cambio nos decidió a retirarle de la calle. Muni subió a casa y desde el principio fue buenísimo, sin nada de miedo, ronroneaba, dormía en la cama y jugaba con los conocidos y los desconocidos sin ningún problema. En otro viaje, partió para Frankfurt y allí sigue, seguro que tan contento, aunque no sabemos dónde está exactamente.
Aunque me había jurado no volver a coger ningún gato más para luego no quedármelo, el caso de PÍXEL fue inevitable. Nos había dicho nuestra sobrina que, en la piscina y jardín de su urbanización, había tropecientos gatos y gatitos, y que los vecinos habían llamado al Ayuntamiento para que se los llevasen. Se nos fue el alma a los pies y allá que nos presentamos a echar un ojo. En efecto, había montones de gatos, pero no dejaban que nadie se les acercara... excepto un chiquitín de unos 2 meses, esquelético, con los ojos llenos de pus y en estado prácticamente catatónico. Tenía mucha fiebre y unos mocos terribles. Así que le llamamos Píxel (que valía para gato o para gatita) y de la piscina fue directo al veterinario. Mejoró enseguida y resultó ser una maravilla de gato. Muy lindo de colores, tan delgadito y con motas gris claro, nada miedoso. Se subió a dormir a la cama el primer día, se quedaba toda la noche pegadito y nunca se levantaba antes que yo. Además de guapo, se puso como una moto. Es el gato más esbelto y listo que hemos visto nunca, casi como un perro. Aprendía todo enseguida (por ejemplo, a ponerse en dos patas para que le diéramos jamón de york en cuanto oía el ruido de abrir la nevera).
Era agosto y no sabíamos dónde dejarlo durante las vacaciones así que, como era tan sociable, decidimos llevarlo con nosotros. Íbamos a Berlín así que, con suerte, podríamos regalárselo a alguien allí. Una semana antes del viaje, se me ocurrió poner un anuncio en Internet contando un poco la historia, en una página de mascotas. A las 24 horas me habían escrito una madre y una hija españolas que vivían en Berlín, interesadas en aquel gatito madrileño. Nos mensajeamos durante toda la semana, yo tenía mil anécdotas que contar y ellas cada vez más curiosidad. Durante esos días hubo más candidatos, pero estaba todo decidido desde el principio. Píxel se portó genial en el avión, iba tan feliz, como si no hubiese hecho más que viajar durante toda su vida. Con sus nuevas mamis, fue un flechazo, y a veces nos escriben para contarnos lo felices que son los tres. Ahora debe de estar hecho un mega-Píxel y es posible que les veamos estas navidades.

La última ha sido TRINITY (o “La Trini”). Procede de los mismos matorrales que Pelisenda y Muni, porque hay un parque cerca y se ha formado una pandilla de gatos más o menos fijos que viene a comer por las noches. La Trini ha estado ahí casi un año; en los últimos meses, no faltaba nunca y te la encontrabas a todas horas, dispuesta a colarse en el portal y en el ascensor. Se dejaba coger en brazos y muchas noches ni siquiera quería comer, sólo mimos. Nuestra técnica de meter gatos callejeros en el trasportín antes de que tengan tiempo de reaccionar ha mejorado y la pobre Trini se vio, de repente, dentro de una casa. Ya pensaba llamarla así por los tres colores, pero cuando la vi trepar por las cortinas para esconderse encima de la caja de la persiana y luego correr en varias dimensiones con tal de escapar de allí, lo tuve claro.
Estaba aterrada. Cuando al fin se quedó quieta en un rincón, no se quería ni mover, aunque se te pegaba al cuerpo y ronroneaba al acariciarla. En mitad de la noche, se puso a correr otra vez, y se pasó horas llorando, mirando por la ventana para salir. Me moría de pena. ¿Y si había hecho mal metiéndola en casa? Al día siguiente, todo fue mejor. También esa noche la pasó llorando pero cuando había luz estaba tranquila tumbadita en la cama, comía muy bien, empezaba a jugar y le gustaban los mimos (aunque, de vez en cuando, ponía cara de sorpresa y te largaba un zarpazo, o la clásica “banderilla gatuna”, simple o doble). En una semana, estaba perfectamente adaptada a la casa y a la buena vida: sofá, tele, mantita, buena comida, calorcillo, mimos, cama para dormir, muchos juguetes, una mami... Por desgracia, una mami temporal, como en los demás casos.
Trini es una gata muy guapa, tranquila y juguetona. Un poco princesa, como todas las tricolores, pero un encanto. Ojalá encuentre un hogar enseguida y alguien nos cuente cómo sigue su historia.
Isabel