© Funcat 2005. © Todo el contenido es propiedad de sus autores. Prohibida su reproducción. Diseño Gema Gonzalo.
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Mi hermana y yo regresábamos a casa un viernes sobre las nueve de la noche de hace dos años, después de una tarde de tiendas, cuando vimos que unos metros más adelante había un grupo de gente que miraba algo que estaba en el suelo. Según nos acercábamos empezamos a oír unos ruiditos. Eran unos maulliditos… la primera vez que oíamos a Lisa. La habían abandonado y la habían dejado en la calle dentro de una cajita de zapatos.
En cuanto la vio, mi hermana dijo: “Nos la llevamos”. La verdad es que no sabíamos que hacer con ella. No era nuestra intención llevarla a casa. Nunca habíamos tenido perros o gatos. Ni teníamos previsto tener uno. Pero no éramos capaces de pasar de lado como sino ocurriese nada.

Así que regresamos a casa. Sabíamos que nuestra madre pondría el grito en el cielo nada más entrar con ella por la puerta. Y así fué. No quería tocarla, ni siquiera mirarla. Nuestra casa parecía un dramón. La gatita maullando, mi madre gritándonos, mi hermana y yo tratando de calmarla (a mi madre) mientras le dábamos el biberón (a Lisa). Al final la convencimos para que Lisa se quedara al menos el fin de semana, y le dijimos que buscaríamos a alguien que la adoptase.
Ni que decir tiene que no teníamos ni idea de gatos, pero entre lo que nos indicaron en la clínica, y lo que leíamos por Internet nos las apañamos. Le dábamos el biberón cada pocas horas, le estimulábamos la zona del ano para que hiciera sus necesidades, le pusimos una mantita eléctrica en una caja de cartón a modo de camita los primeros días…

Pasaban los días, y mi madre nos decía que cuándo íbamos a buscar a quien se la quedase. Le decíamos: “si, si, pronto, pronto”. De hecho, mi hermano la llamaba “Provi”, de provisional… Pero la verdad es que la sola idea de dársela a una persona desconocida y que no supiésemos cómo iba a cuidarla, hacía que se nos cayese el alma al suelo. Así que dejábamos que pasaran los días, y las semanas, con la esperanza de que mi madre acabase por aceptar la realidad…que era irremediable que Lisa se quedase con nosotros. Y así fue. De hecho, con los días, empezó por acariciarla, ¡hasta le dio un biberón! Y empezó a llamarla “Churri”. Además, cuando vio que con el tiempo empezaba a usar su cajita de arena, Lisa ya tuvo su sitio ganado en nuestra casa. Hoy en día, Lisa adora literalmente a mi madre. De hecho duerme con ella todas las noches… y a mi madre le encanta.
En fin, sus primeras semanas fueron toda una experiencia, tanto para ella como para nosotros. Una experiencia estresante, ¡pero fantástica!
Hoy en día, Lisa es una preciosa gataza de dos años y medio. Por supuesto, le encanta dormir, vaguear en todas sus formas y variantes, curiosear todo lo que cae en sus patitas, perseguir pelotas (no mucho que tampoco es plan) y comer, comer, comer… tanto que tiene obesidad y está a dieta. Claro, con las "peazo" siestas que nos echamos las dos juntitas en el sofá... Eso sí, cuando hace frío, que si no le doy calor…
María