PETROHUÉ


Era 31 de diciembre. Ya le había visto desde hacía un par de días en el antiguo albergue de ANAA. Todavía no tenían instalaciones para gatos y estaba metido en una caseta de obra. Tenía alrededor de 6 ó 7 meses. Asomado a la ventanita, maullaba con todas sus fuerzas cada vez que veía pasar a alguien y saludaba con una pata intentando abrir la ventana.


Hacía 3 meses que Piesito y Cracra se habían quedado en casa de los abuelos, donde viven como reyes. Los echaba muchísimo de menos y me moría de ganas por volver a tener un gato en casa. Así que lo metí en un transportín, para cuidarlo por lo menos unos días. Por supuesto aquí sigue, después de casi tres años. Acabábamos de regresar de un viaje a Chile y le pusimos de nombre Petrohué, como un río con enormes cascadas turbulentas, que nace en los Andes.


Salió del transportín y se recorrió toda la casa, como si fuese lo más normal del mundo. Siempre ha sido muy extrovertido, divertidísimo, hiperactivo e incansable. Le empezamos a llamar chispas y se quedó con Chispito.


Cariñoso, buscando nuestra compañía constantemente, cotilleando todo y a todos. Cazando cualquier cosa que se mueva en nuestro pequeño jardín. Que por cierto hemos tenido que vallar para evitar que se escape. Son increíbles los saltos que es capaz de dar, las vallas que trepa y las ideas que se le ocurren…


A todo el mundo le parece muy guapo. Nosotros simplemente, no podríamos imaginarnos vivir sin este pequeño torbellino en casa, un verdadero personaje y personalidad.


Patricia

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